Por: Esmeralda Ramos
De entre
todas las cosas que me definen, luchar para liberarme de cualquier prejuicio
social es para mí la cualidad más importante. Para vivir con coherencia, el
primer paso es aceptar todos los modos de vida, verlos con sana curiosidad,
admiración y respeto. Reconocer que la igualdad trasciende lo superficial.
Es en
esos términos que la igualdad de género se vuelve inherente a cualquiera
objetivo de vida. Claro, mantenerlo en el ámbito de lo interior es fácil, el
reto es llevarlo hasta la superficie… hasta el mar social donde nos codeamos
con los otros. De lo contrario no tendría sentido alguno.
La
igualdad parece a veces una palabra grosera… Un término vulgar y altivo que
sirve de cortina para esconder un oscuro deseo de poder. Ese es el juicio al
que toca enfrentarse cada vez que uno quiere tomar la palabra en una reunión de
trabajo o cuando tratas de explicar a un amigo porque es importante una ley que
penalice la violencia contra la mujer.
Estoy
cansada.
Cansada
de escuchar a hombres y mujeres que justifican la desigualdad con las
diferencias biológicas. Cansada de lidiar con hombres que creen que no son
machistas porque no dicen en voz alta que son superiores, cuando en realidad es
lo que piensan. De cada vez que salen noticias sobre hombres violentados por
mujeres, se pregunte el por qué las feministas no se han pronunciado sobre ese
hecho. Cansada de esa estúpida y recurrente manera de resumir la igualdad de
género en quién pone el agua del oasis.
Cuando
en 1964 Estados Unidos promulgó la Ley de Derechos Civiles, no era porque su
gobierno (la mayoría) no considerará humanos o iguales a los ciudadanos
afroamericanos. Todo lo contrario, el proceso de transformación social,
impulsado por los movimientos de derechos humanos, había iniciado la marcha.
No era
fácil deshacerse del paradigma de la segregación racial, la discriminación y la
supremacía blanca, impregnado por cientos de años en la sociedad a través de la
esclavitud, abolida poco tiempo atrás.
Era
entonces necesario un cuerpo jurídico que acompañara el proceso. Que sorteara
los retrocesos y obligara «el cambio de chip» en las personas. La Ley de
Derechos Civiles se convirtió en la palanca que pondría a girar los ejes de la
educación, la justicia y la cultura bajo un mismo propósito.
Si la
discriminación es aún, uno de los problemas históricos más grandes de la
actualidad, imaginen ustedes cuánto necesitamos para que la desigualdad de género,
un fenómeno aún más antiguo que la esclavitud y que trasciende el color de la
piel, desaparezca por completo.
Por eso
necesitamos leyes que promueven la igualdad, por eso también se necesitan días
que nos recuerden la igualdad… porque lamentablemente las mujeres aún somos
seres inferiores para algunos jefes, compañeros, padres, hermanos, asesinos,
agresores, políticos, hijos, esposos… hombres y mujeres.
El tema
es complejo y como sociedad debemos trabajar en ello. No podemos cerrar cada
discusión con un «feminazi de mierda»; ni podemos olvidar que las mujeres
juegan un papel trascendental a la hora de propagar el machismo. Esto no es una
guerra, a pesar que muchos usen la igualdad como arma para atacar al otro.
Creo
que, como en casi cualquier cosa, el primer ejercicio que podemos hacer es
preguntarnos: y si fuera yo, ¿me gustaría ser tratado como alguien de categoría
inferior, sólo porque mi cuerpo es diferente?

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