martes, 8 de marzo de 2016

El agotador peso de la desigualdad



De entre todas las cosas que me definen, luchar para liberarme de cualquier prejuicio social es para mí la cualidad más importante. Para vivir con coherencia, el primer paso es aceptar todos los modos de vida, verlos con sana curiosidad, admiración y respeto. Reconocer que la igualdad trasciende lo superficial.

Es en esos términos que la igualdad de género se vuelve inherente a cualquiera objetivo de vida. Claro, mantenerlo en el ámbito de lo interior es fácil, el reto es llevarlo hasta la superficie… hasta el mar social donde nos codeamos con los otros. De lo contrario no tendría sentido alguno.
La igualdad parece a veces una palabra grosera… Un término vulgar y altivo que sirve de cortina para esconder un oscuro deseo de poder. Ese es el juicio al que toca enfrentarse cada vez que uno quiere tomar la palabra en una reunión de trabajo o cuando tratas de explicar a un amigo porque es importante una ley que penalice la violencia contra la mujer.

Estoy cansada.

Cansada de escuchar a hombres y mujeres que justifican la desigualdad con las diferencias biológicas. Cansada de lidiar con hombres que creen que no son machistas porque no dicen en voz alta que son superiores, cuando en realidad es lo que piensan. De cada vez que salen noticias sobre hombres violentados por mujeres, se pregunte el por qué las feministas no se han pronunciado sobre ese hecho. Cansada de esa estúpida y recurrente manera de resumir la igualdad de género en quién pone el agua del oasis.

Cuando en 1964 Estados Unidos promulgó la Ley de Derechos Civiles, no era porque su gobierno (la mayoría) no considerará humanos o iguales a los ciudadanos afroamericanos. Todo lo contrario, el proceso de transformación social, impulsado por los movimientos de derechos humanos, había iniciado la marcha.

No era fácil deshacerse del paradigma de la segregación racial, la discriminación y la supremacía blanca, impregnado por cientos de años en la sociedad a través de la esclavitud, abolida poco tiempo atrás.

Era entonces necesario un cuerpo jurídico que acompañara el proceso. Que sorteara los retrocesos y obligara «el cambio de chip» en las personas. La Ley de Derechos Civiles se convirtió en la palanca que pondría a girar los ejes de la educación, la justicia y la cultura bajo un mismo propósito.

Si la discriminación es aún, uno de los problemas históricos más grandes de la actualidad, imaginen ustedes cuánto necesitamos para que la desigualdad de género, un fenómeno aún más antiguo que la esclavitud y que trasciende el color de la piel, desaparezca por completo.

Por eso necesitamos leyes que promueven la igualdad, por eso también se necesitan días que nos recuerden la igualdad… porque lamentablemente las mujeres aún somos seres inferiores para algunos jefes, compañeros, padres, hermanos, asesinos, agresores, políticos, hijos, esposos… hombres y mujeres.

El tema es complejo y como sociedad debemos trabajar en ello. No podemos cerrar cada discusión con un «feminazi de mierda»; ni podemos olvidar que las mujeres juegan un papel trascendental a la hora de propagar el machismo. Esto no es una guerra, a pesar que muchos usen la igualdad como arma para atacar al otro.


Creo que, como en casi cualquier cosa, el primer ejercicio que podemos hacer es preguntarnos: y si fuera yo, ¿me gustaría ser tratado como alguien de categoría inferior, sólo porque mi cuerpo es diferente?

No hay comentarios:

Publicar un comentario